the 6 inches


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Vuelta al colegi-o

Dejémonos ya de tanto correr (y/o andar) sin plano y volvamos a lo que nos ocupa.

Tras la ultratrail ‘G2h’, las piernas quedaron tocadas y me fui a los ‘5 días de Palencia’ sin haber casi corrido. Me lo tomé con calma, para disfrutar, y lo conseguí. Corrí todas la oficiales y antioficiales, y el cansancio en las piernas se notó bastante en las dos últimas carreras, que además fueron las que peor me salieron y en las que peores sensaciones tuve. Gran ambiente orientador, casi a la altura de la organización… estos Orcas nos tienen muy mal acostumbrados. Debo post de los ‘5 días’; intentaré que no quede en el olvido.

El resto de agosto entrenando menos que lo justo, pero sacando un hueco para acercarme a Villalfeide (León) a probar un Kilómetro Vertical (5’18 km, +943 m, 1:07’59” según mi Garmin) y hacer una carrera de montaña (26’58 km, +1.686, 3:53’30”, según mi Garmin). Una experiencia más. Pero ha llegado septiembre y con él la primera carrera del curso escolar: la nocturna del COV.

Se pasó la carrera de junio a septiembre y se eligió un día peligroso: sábado de fiestas de Valladolor. Comer en las casetas regionales no me ponía en la mejor senda ni para ir ni para luego tener cuerpo para correr. Y así fue. Acabé yendo por los pelos y la carrera la hice al tran-tran entera. Creo que es la primera salida en masa que no salgo sprintando (ni amago que hice); salí de la segunda fila y no sólo perdí de vista pronto a los de la primera, sino que llegué al triángulo de los últimos. Era una carrera por pinar que daba para correr mucho, así que me centré en coger buenos rumbos y fallar lo justo.2014.09.06 - Nocturna COV

El primer rumbo fallido lo tuve en la #4, y perdí 4’30” rebotando de camino a camino. En la #6 me despistó un claro que había antes del mío (45” más). Volví a fallar en la #7, por una mezcla de “si no fallo el rumbo, llego” y “como es el centro del bucle, ya me la levantarán, que habrá mucha gente”, lo que supuso otros 4’30”. Por último, no me pude resistir a comprobar que una baliza que había de camino a la  #18 no era la mía, dejándome 25” en acercarme un poco y regresar a la magenta. Las sensaciones físicas en meta, horribles, pero haber encadenado desde la baliza #7 hasta la meta casi sin fallar me hacía estar satisfecho.

Pero, ¡oh sorpresa!, dos errores en tarjeta de los que iban delante y algunos abandonos me  hicieron acabar en 5º lugar. Lo que demuestra, una vez más, que, al nivel en que me muevo, para obtener un buen resultado correr es contingente, pero no fallar es necesario.

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G2haundiak

Cuando en diciembre del año pasado decidí apuntarme al ultratrail ‘Gorierriko2haundiak‘ (hermana pequeña de la ‘Ehunmilak‘), de 88km y 6.000 metros de desnivel positivo, se me venía a la cabeza una frase que había leído hacía poco en algún sitio y que era algo así como “a veces mis cojones firman cheques que mis piernas no pueden pagar“. El cheque todavía no estaba firmado, pero era cuestión de tiempo.

Durante el primer trimestre del año, todavía sin apuntarme, intenté meter algo más de volumen en los entrenamientos, y coger la bici de montaña para hacer más entrenos los fines de semana. En abril salió al mercado la revista ‘Trail Run’, que traía un plan para preparar tu primera ultra (muy típico) y (¿casualmente?) viendo las semanas de ese plan, resulta que encajaba perfecto para el fin de semana de la Ehunmilak. Me inscribí y, mirando aquí y allá, me hice un plan de entrenamiento hasta el 11 de julio. ¡Qué lejos quedaba entonces! Del mes de abril recuerdo la pereza que me daba salir al monte a hacer rodajes más largos de lo que habituaba, y lo cambiaba por coger la btt. En mayo llegaron las primeras salidas por el monte castellano para hacer cacos de más de 30km y la primera carrera de montaña de mi vida, de 21km y casi +1000, para cambiar un poco el chip de la orientación. En junio, carrera de montaña de casi 34km y casi +1800m, y salidas al Peñalara el fin de semana para acumular algo de desnivel. Y, mientras, pensando en todo lo demás: qué calzado y ropa llevar, tener todo el material obligatorio, decidir qué comer, planificar algo la alimentación durante la carrera… Y llega el 11 de julio. El cuerpo está perfecto. Sólo falta salir, aguantar y que no suceda nada raro en carrera.

Instantes previos a la salida

Instantes previos a la salida

R y yo viajamos por la mañana para comer en la pasta-party. Según llegamos, confirmamos alguna información en la zona de recogida de dorsales, aparcamos y directos a comer al Palacio de Igarza. Pasta, arroz, fruta… pero, sobretodo, el brazo de gitano que había de postre, riquísimo. Nos echamos una pequeña siesta y fuimos a ver la salida de los valientes de la Ehunmilak. Un ambientazo y advertencia de la organización: arriba en la montaña hace jodido. Tomo nota. Cambio de planes: decido salir con las mallas piratas, en vez de llevarlas en la mochila (era material obligatorio llevarlas, bien puestas, bien en la mochila), y meter en la mochila, además del chubasquero (también obligatorio), un cortavientos que pensaba ponerme para comer en el avituallamiento de Etxegarate. Como decía el anuncio: ¡acierto!

Dejamos preparadas la bolsa blanca con ropa para cambiarnos en el kilómetro 50 y la de la ducha para meta. Merienda ligera, un amago de siesta, cena ligera, cambiarse y a la salida. En los minutos previos a las 23:00h, al igual que en la salida de la larga, nos dedican una música con la txalaparta, unos bertsolaris hacen lo propio, nos bailan un aurresku (¡no podía faltar!), la música de “Conquest of Paradise” que empieza a sonar cada vez más alto y llega la cuenta atrás: “…bost, lau, hiru, bi, bat, aurrera!!“. En ese momento, con la música, todos los participantes, las calles de Beasaín llenas de gente animando, te crees capaz de hacer los 88km, y los 168km si hace falta, sin despeinarte. Un subidón.

Hace muy bueno y empiezo a sudar pronto. La animación en Beasain, Ordizia y Zaldibia es absoluta. Incluso en algún punto más metido en el monte hay alguna cuadrilla que nos anima en los primeros repechos. A todo esto, nos pasan C, C y Á, con un ritmo ligero que a R y a mí nuestro cuerpo no nos pide en absoluto. Suceden algunos amagos de llover en serio, pero no termina de arrancarse… hasta que lo hace y toca pararse para coger el chubasquero.

La situación empieza a ponerse seria subiendo el Txindoki: en el suelo, cada vez más barro, y el tiempo cada vez peor, con lluvia, viento y frío. Llega un punto en que ya no puedo más y me pongo el cortavientos que había metido en la mochila a última hora y los guantes, que me vienen de lujo, aunque noto que el vientre se ha quedado frío y me da un poco de miedo. Por suerte, no fue más allá. Las caídas son inevitables, encontrar el mejor camino para evitar el barro es complicado: no existe. Los bastones ayudan pero no hacen milagros. En la bajada hacia Lizarrusti paso el momento de flaqueza más duro de la carrera, hastiado de tanta inclemencia meteorológica y tanto avanzar lento, haciendo equilibrios en el barro subiendo, bajando, o medio llaneando por alguna ladera. El hecho en sí de correr en la oscuridad no fue ningún problema y con tanta “diversión”, la noche se me pasó relativamente rápido. Incluso en un tramo llano, junto al pantano de Lareo, con el tiempo calmado, tengo ganas de trotar y las piernas responden, aunque las rodillas empiezan a dejarse notar, la derecha principalmente. ‘A pesar de todo, vamos bien -pienso-, y, con suerte, lo peor ya ha pasado‘.

Salimos de Lizarrusti con Etxegarate en el horizonte. Nos llega el amanecer más o menos cuando preveía, al inicio del cordal Lizarrusti-Etxegarate. Un tramo aparentemente llano en comparación con el resto del perfil de la carrera, pero que es un sube y baja incesante que las piernas notan y sufren. Poco a poco el tiempo se calma y el cuerpo recupera su calor. El amanecer en medio del hayedo, con algo de niebla en según qué zonas, se vuelve mágico e intento, cuando me es posible, apagar el frontal y seguir con la luz natural, aunque todavía sea escasa. La bajada a Etxegarate nos regala algo más barro, que no es nada en comparación con el que habíamos encontrado por la noche.

Saliendo de Etxegarate, km. 50.

Saliendo de Etxegarate, km. 50.

Llego a Etxegarate (el “ecuador y un poco más” de la prueba) sin ningún contratiempo, motivado, y sin aún haber tenido ganas de ponerme música. Allí (¡sorpresa!) nos está esperando A, mujer de C, que nos trata como una madre a sus hijos, preocupándose por recoger la bolsa blanca, por que nos sentemos, nos pide la comida, si queremos más… Un verdadero encanto. El plan inicial era ducharme y cambiarme entero de ropa, muda y zapatillas (de Brooks Cascadia a Asics Trabuco), pero finalmente sólo me cambio muda y ropa. Descarto la ducha porque tengo el cuerpo con buena temperatura y, esperando más barro, tampoco me parece que la ducha me vaya a solucionar mucho; con salir todo limpio de ropa y muda me vale. Las zapatillas no las cambio porque el segundo par estaba más desgastado que el primero y si íbamos a volver a tener barrizales, no parecía buena opción. Limpio, con el estómago lleno y con una temperatura muy agradable para correr, abandonamos Etxegarate. El Aizkorri espera.

Tras cruzarnos con P (que baja del Aizkorri después de haber acompañado un rato a C, C y Á) y atravesar la cueva de San Adrián, empezamos el ascenso, físicamente duro, pero que me pareció muy bonito. El tiempo refrescaba por momentos y las rodillas me recordaban que estaban ahí, sufriendo un poco. En la subida, R se descolgó. Al hacer cima el primer pensamiento que me viene a la cabeza es lo complicado que iba a ser bajar con tanta roca caliza pulida y mojada. Así fue. Hay que tener cuidado, las piernas no están frescas, la roca resbala, y una caída en rocas podría tener peores consecuencias que las del barro. No llevaba mucho bajando cuando, sobre las 14:00h, me pasa el primero de la Ehunmilak. Viéndole a él, bajar parecía fácil. El segundo pensamiento que me viene a la cabeza, ya en bajada, es acordarme de los participantes “mortales” de la larga, que, a cambio de sufrir el barro del Txindoki de día, tendrían que hacer de noche este descenso.

Compañía orientadora

Compañía orientadora

Llego a las campas de abajo con las rodillas pidiendo una tregua, que todavía no toca darles. Allí me llevo la grata sorpresa de ver a E, que se había acercado a echar el día en el monte viendo y haciendo compañía a los orientadores que nos habíamos embarcado en esta aventura, y me esperaba para hacer un tramo conmigo. Una subidita más y ya estaban los dos picos hechos. Sólo había que descontar kilómetros (¡unos pocos todavía!) y, en general, bajando. Avanzamos al ritmo que me permiten las rodillas; en cambio, muscularmente sentía bien las piernas. A todo esto, ni me acordaba de que existían controles de paso en los que podías quedar fuera si no pasabas en los tiempos establecidos por la organización. Nos lo recordó un chico de Bilbao que se unió a nosotros en el tramo final hacia Oazurtza. Íbamos en tiempo, pero sin alardes: llegamos sólo veinticinco minutos antes del cierre. Y me acordé de R, confiando (o queriendo confiar) en que no se hubiese quedado demasiado atrás porque sería una putada muy gorda y me sentiría en parte responsable de que no acabase la carrera por este motivo. No hubo que lamentar nada, porque sólo iba quince minutos por detrás.

Llegamos al coche de E, nos despedimos y toca afrontar el tramo final. Durante unos kilómetros voy coincidiendo con dos o tres grupitos de gente a los que paso en llanos o bajadas y que me alcanzan cuando llegan los repechos. Como aquí ya hay más bajadas que subidas, termino por dejarles atrás. Mutiloa: últimos diez kilómetros. No falta nada, pero se hacen muy largos. Alternamos caminos de tierra con firmes de cemento. En las de tierra podía correr muy bien, disfrutando, con zancadas amplias. El cemento era otra historia porque, incluso andando, me reventaba las rodillas. Parecía mentira que fuesen tan sensibles a la dureza del terreno. Eso sí, las rodillas tuvieron que rendirse cuando, por fin, entré en Beasain. Ya no había dolor que valiese, sólo quedaba la última recta; larga, sí, pero la última.

Últimos metrosNo tenía ningún corredor por delante a la vista y la gente de Beasain me llevaba en volandas con aplausos y ánimos que me ruborizaban, porque todos eran para mí. Sólo me salía sonreir, hacer un pequeño gesto de asentimiento con la cabeza y decir “gracias”. Chavales que quieren que les choques las manos, una pareja ¿de señoras? que tocaban unos instrumentos en un banco, gente que grita sentada en una terraza, abuelos, cuadrillas de jóvenes sentados en un banco… En estas que aparece mi hermana, que se pone a correr a la par, móvil en mano, grabándome. ¡Otro sorpresón! Y así, empujado por tanta gente llegué a meta. 20 horas, 11 minutos y 52 segundos, y la satisfacción de haber sufrido, haber disfrutado y haber acabado. Las piernas pudieron pagar el cheque.

Finishers

Finishers

La verdad es que es una señora prueba. Por la dureza, por los lugares por los que discurre, por una organización impecable (desde la distribución de parkings en Beasain a los avituallamientos, pasando por el balizado), por un ambiente excepcional, por la simpatía y amabilidad de los voluntarios, de la gente de la Cruz Roja que nos llevaba a las duchas y de las chicas de los masajes. Todo sonrisas, buenas caras y atenciones. Quitando el pequeño detalle de los 88km y los +6000m (y que el domingo estuve hecho un auténtico trapo como no recuerdo haber estado nunca), si repetir sólo dependiese de cómo me he sentido tratado, no lo dudaría ni un instante. Mereció mucho la pena el esfuerzo.

Para acabar, me quedo con el proverbio en euskera que leí escrito en la bolsa de la chaqueta de ‘finisher’ que nos dieron: “non gogoa, han zangoa“. Es decir, donde van tus pensamientos, van tus pasos.


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Sufrido trébol

Para variar un poco (y porque me viene bien de preparación para una carrera que me he puesto como reto en julio), el domingo participé en mi primera carrera de montaña. O sea, correr sin pensar. Sólo correr, andar y aguantar. La elegida fue la ‘Trebol Trail‘, en Becerril de la Sierra, con 18’8 km de distancia y 950 m de desnivel positivo, según se anunciaba en la ficha técnica (y parecido en la realidad según el track del gps de otro corredor). La carrera discurría por ‘Cabeza Mediana’, en parte del mapa donde se celebró el CEO 2010.

No pude grabar el track de la carrera porque a pesar de haber puesto a cargar el Garmin el sábado, cuando el domingo lo puse en marcha, resulta que lo había cargado mal y las baterías estaban bajas. Así que, para que se me apagase a mitad de carrera (o antes), salí sin él, y sin pulsómetro. Si ya tenía intención de hacer la carrera con calma, por sensaciones (aun llevando el Garmin), ahora no había más cachabas: no podría consultar ni ritmo de velocidad, ni cardíaco, ni preocuparme de distancia recorrida o tiempo de carrera. Tocaba, simplemente, salir a disfrutar del día tan bueno que amanecía… lo que las cuestas permitiesen.

¿Falta mucho?

Aunque a todo el mundo las cuestas se le atragantasen, yo me noté especialmente flojo cuando el terreno se empinaba. En muchos momentos todos los corredores dejábamos siquiera de trotar y tocaba subir pasito a pasito, andando. Pero incluso en ese andar, me sobrepasaban algunos corredores y no era capaz de seguirles el ritmo. Mentalmente tampoco las cogí el punto porque, acordándome de la orientación, me parecían (y eran) más largas y duras, y no las encontraba un sentido más allá del subir por subir, porque toca y por donde estaba marcado (mientras que en lo nuestro un trapo blanco y naranja justifica el esfuerzo). Para rematar mi idilio con las cuestas, en el último repecho de la carrera, subiendo cuatro rocas dispuestas como escalones, se me subió el gemelo izquierdo. Gracias a otro corredor con el que coincidí en el tramo final, aprendí que en las cuestas es mejor ir erguido para respirar bien, llenando los pulmones, que tan echado hacia adelante como iba yo, empujando con las manos en los cuádriceps.

Las bajadas fueron otro cantar. Me parecieron más disfrutonas que en una carrera de orientación por el mismo motivo que las subidas se me hicieron poco o nada llevaderas: sólo se trataba de bajar, correr, saltar y dejarse llevar, sin pensar, sin estar pendiente de un rumbo, de si hay que ir por aquí, por allá, o si llegado un punto tengo que girar o ver algún elemento. No sé si es que la orientación embrutece, pero bajando ganaba bastantes posiciones. A mi cabeza las bajadas se le hacían cortas, a mis piernas no tanto, porque sufrían más que en las subidas.

El cronometraje era con Sportident. Nos dieron tarjetas de plástico cuadradas que llevábamos con una goma en la muñeca. En los puntos de control intermedios había organizadores con bases, que se acercaban a ti y te la pasaban por la tarjeta para marcar el tiempo. Se hacía raro: en vez de ir yo a por la base, ¡la base venía a mí!

Esto es otra cosa

Por lo demás, un gran ambiente, muchos participantes y la organización impecable. En carrera, dos avituallamientos líquidos (agua y bebida isotónica) y uno líquido y sólido (frutos secos, gominolas, chocolate, fruta…); y en meta más agua, más bebida isotónica, más gominolas, más fruta (plátano, melón, sandía, naranja), empanada, frutos secos… Impresionante. Además, duchas y zona de masajes. La entrega de premios fue amena y generosa, como el sorteo de regalos, de muchos regalos (camisetas, gorras, calcetines, mochilas, perneras de compresión…). La verdad es que es una suerte (o que se lo han currado, claro) llegar a tener patrocinadores que te surtan tanto y tan bien de cosas para dar a los ganadores o para sortear entre los participantes. También hay que reconocer a la organización la rapidez en colgar en la web los resultados y (tantísimas) fotos.

En definitiva, aunque la carrera de montaña en sí, como concepto, no me ha terminado de convencer y pensé que me gustaría más, que la disfrutaría más, estoy contento con la experiencia. Sobretodo, dentro de mi desconocimiento del mundo de las carreras de montaña, creo que, sin saberlo, acerté con la prueba que elegí para estrenarme. Veremos cómo se presenta el año que viene, pero no descarto repetir.

PS: Por cierto, en estas carreras hay gente que como un día le dé por coger un mapa y sea capaz de leerlo mientras corre, aunque sea un poco más lento de lo que hace sin mapa… ¡cuidado!